Él sabía muy bien lo que tenía que hacer desde que le dieron aquel empleo hace muchos años, dándole contenido a su soledad sin futuro. Desde su refugio miraba la casona grande rodeada de verdes, los colores todavía tardarían en llegar, llevaba días sin poder hacer nada, llovía paralelamente al viento, en la casa vacía no había nada que hacer en este tiempo, pero en el jardín siempre había labores, al cabo del día habría girado varias veces como un planeta sobre la casona. Ya vigilar las posibles goteras, ya sus manos enfrascadas en algún arreglo y sobre todo lo que más le gustaba era regar en el buen tiempo jugaba con el agua, pero ahora ella era la que jugaba con él, era ella la que se apoderaba de todo de la casa y del jardín, recorría incesantemente los cristales, bajaba por los techos, goteaba en todas las esquinas y un monótono ruido se alargaba día y noche lo que un principio fue un murmullo sedante en estos momentos era algo más, agua y viento parecían aislarle del mundo y sin darse cuenta había caído en una inacción no prevista ni pensada que le envolvía en celofán, arrugándose con continuos crujidos, fueron despertándole las viejas brujas de toda su vida, apareció un bajo vaho sobre el jardín, al igual que el césped brillaba su piel, se dejo caer sobre él y decidió quedarse allí hasta que dejara de llover sobre la casa, el jardín, su piel y sus brujas.